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Revista digital de reflexión y diálogo. Semana del 1 al 7 de Agosto
La mujer en la Iglesia (II).

Ni tenemos la fotografía ni el nombre de la autora. Parece una metáfora. Habla del lugar de la mujer en la Iglesia. Se trata de la segunda entrega de una conferencia tenida en el Centro Loyola de Las Palmas.

Algunos pricipios para tener en cuenta:

1. No todas las posturas feministas conducen a un mundo de iguales.

Claro que luchamos por la autonomía, pero el modelo masculino de los que se comportan en la sociedad de un modo autosuficiente, alardeando de no necesitar a la mujer (si exceptuamos el terreno afectivo-sexual y la intendencia diaria), no nos parece digno de ser imitado. Es cierto que a veces la discriminación positiva es todavía necesaria y la solidaridad entre las mujeres debe ser prioritaria, pero no queremos un mundo en el que hombres y mujeres se enfrenten o se alejen, pues la vitalidad de cada sexo se halla precisamente en que incluye en sí aspectos del otro.

Tampoco lucharemos por copiar modelos masculinos como el ideal de la agresividad o la competitividad tan arraigada en ellos. No deseamos imitar las pseudo-seguridades de la que presumen los hombres, o el autoritarismo que se ha ejercido tantas veces con nosotras como si éste fuera el camino ideal para alcanzar el poder.

No queremos perder de vista nuestra identidad y nuestro modo de ser y ejercer como mujeres en una sociedad donde la ternura, la acogida, la solidaridad o la sensibilidad tantas veces están ausentes. Tenemos nuestra propia forma de ser y hacer. Lo que queremos es despejar el espacio para poder ejercer nuestro papel de mujeres en la historia.

2. Enfrentarnos con el estereotipo de que los hombres son más sensatos, o más convincentes, o más racionales, o más lúcidos y reflexivos, o con más capacidad para el mando y la responsabilidad.

Dejar de pensar que lo suyo es la aventura y la conquista, la invención o la especulación… mientras que nosotras somos menos previsibles, ilógicas, sensibles, débiles, que lo nuestro verdaderamente es el ámbito doméstico, que nuestra palabra puede esperar y no debemos nunca parecer superiores…

Lo malo es que esos estereotipos han ido pasando de generación en generación, como dogmas antropológicos.

¿Y si un día cayéramos en la cuenta de que eso que atribuimos a la naturaleza ni es tan cierto ni tan exacto y es más el resultado de la costumbre y la cultura que otra cosa?

¿Y si descubriéramos a quiénes les está conviniendo que todo siga igual, que un sexo “asuma el control intelectual” y el otro se le atribuya la “emotividad acrítica”?

¿Y si se nos revelara de repente, que las categorías superior-inferior, amo-esclavo, propiedad de… son absolutamente contrarias al evangelio?. Y que más bien lo que propone Jesús es un Reino de hermanos y hermanas, que se relacionan no desde la jerarquía sino desde la fraternidad?.

3. El miedo a los cambios.

No es fácil para la sociedad y menos aún para la Iglesia que los hombres y las mujeres se aparten de la costumbre que se ha hecho norma.

Cuando hablamos de contravenir la norma viene la sorpresa: Son muchos siglos cimentando la familia en la docilidad femenina que asumía como “ley divina” la superioridad del marido. La Iglesia favorecía la sumisión y la resignación en más de una ocasión para evitar –se decía- males mayores.

Se comprende desde ahí la inseguridad y la contradicción que suponen para muchos hombres- y también, como no para muchas mujeres, la recuperación de la dignidad de la mujer dentro de la familia, los nuevos comportamientos, la ruptura de roles aprendidos desde pequeños.

El mismo hombre que habla de igualdad en el terreno político, ocupa su sillón y “espera” a que la esposa se ocupe de las tareas del hogar, aunque venga del trabajo o de la acción política igual que él. O que ella en lugar de una sonrisa de agradecimiento le mire sorprendida cuando él le pregunta “¿Te ayudo?” y le conteste que las tareas domésticas son cosa de los dos.

Si esto lo trasladamos a la iglesia, no es fácil para un cura a quien han formado en el seminario con una idea de mujer como alguien que siempre necesita ser orientada, aprender,… encajar que cada vez le consulten menos sobre su comportamiento sexual, o que sus laicas tengan en aspectos de pedagogía catequética o de teología cada vez más formación, o que tengan iniciativas y no esperen por las suyas o no coincidan con las suyas. Tampoco es fácil para muchos curas aceptar la madurez de las laicas o la presencia cualificada de religiosas mejor formadas y actualizadas que ellos. Por si nos sirve de referencia pensemos que antes del Vaticano II las mujeres no traspasaban el umbral de los escalones del altar…

4. Con la igualdad, la mujer pierde la supuesta “deferencia social” hacia ella.

¿Cómo explicarles a ellos que las grandes palabras que nos subliman como ‘reina del hogar’, ‘ama de casa’, … suelen ser la otra cara de los estereotipos que nos confinan a aquellos ámbitos que resultan más cómodos para ellos?

En el terreno de la iglesia ocurre otro tanto. El lenguaje ampuloso “ y a veces un tanto de gheto, de que la iglesia lucha como nadie por la dignidad de la mujer, de que las mujeres sostenemos con nuestras tareas las cáritas, las parroquias, las catequesis… … ¿No esconden en el fondo una poderosa necesidad del trabajo que realizamos, mientras no interfiramos para nada en la toma de decisiones, o en los ministerios reservados históricamente a los hombres, o seamos mayoría en unas iglesias que cada vez se ven más vacías?

Qué difícil es convencer a los hombres de que no queremos ningún podium, ningún halo, sino algo tan sencillo como el respeto a la igualdad, a la colaboración mutua, al derecho a formar parte de la toma de decisiones.

5. El poder del lenguaje excluyente.

Cuando uno escucha hablar a la jerarquía de la iglesia el lenguaje es invariablemente masculino. ¿Cómo explicarles que hay una mitad de la humanidad que siente, piensa y desea expresar sus experiencias , relaciones y vivencias religiosas de otra manera que no es ni mejor ni peor, ¡pero es la suya!.

“Cuando yo era niña hablaba como una niña; al hacerme mujer, dejé atrás las cosas de niña”, podría decir cada una de nosotras en el lenguaje de Pablo (Cor 13,10-11). “Dejé por lo tanto atrás el que otros hablaran e mi lugar; tomé yo la palabra; entré en la conversación, me expresé desde mi verdad; utilicé mis propias imágenes” , nos dirá la teóloga Alexandre recordándonos que ya es hora de tomar la palabra en la Iglesia.

¿Podríamos hacer un listado de cosas decididas por la jerarquía de la iglesia, que afectan directamente a la vida de la mujer pero sin escuchar a las mujeres y con una visión exclusivamente masculina? Quizás empezar a reconocer el machismo como un pecado en la iglesia, también sea el comienzo del cambio…

En este terreno me atrevo a asegurar que los problemas son inmensos y las contradicciones a veces muy fuertes.

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.