El pasado jueves revivimos con dolor las escenas del 11 de marzo del 2004. Esta vez, los números y la localización geográfica fueron diferentes. No se trató de Madrid sino de Londres. No hablamos de casi dos centenares de asesinados, sino de medio centenar. Una vez más, una fecha, el 7 de julio, como en su día la del once de septiembre, como la del once de marzo, han quedado grabadas en la memoria de las personas de Europa y Occidente como una fecha de ignominia, cobardía, asesinato indiscriminado de inocentes.
Esta vez, los sembradores de odio y destrucción se cebaron sobre una ciudad que, apenas unas horas antes, celebraba con alegría la sorprendente elección de la misma como ciudad olímpica. Así, con menos de veinticuatro horas de diferencia, las gentes y las calles de la capital del Reino Unido pasaron de la fiesta al dolor, de la alegría al llanto. Los atentados de Londres coincidieron, además, con la celebración en el Edimburgo de la cumbre del denominado G-8, los países más ricos de la tierra. El primer ministro, Tony Blair, se había empleado a fondo para conseguir que esta cumbre fuera recordada, sobre todo, por la condonación de la deuda de un buen número de los países más pobres. Pretendía también, aunque lo tenía muy difícil con el Presidente Bush, que se alcanzara un acuerdo sobre el protocolo de Kyoto, por el que todos los países del mundo, se comprometen a reducir la emisión de gases contaminantes.
Ambos objetivos del diligente primer ministro británico, han quedado empañados por las bombas de Londres.
Apenas unos días antes, en muchas ciudades del mundo, pero, sobre todo, en Londres, bajo el impulso de Bob Geldorf, cantantes y músicos de todo el mundo, habían lanzado un grito artístico de socorro a favor de los pueblos más pobres de África. Las hambrunas periódicas, las epidemias crónicas y asesinas, los conflictos bélicos reiterados e interminables, siembran el dolor en ese continente que está, en realidad, aquí al lado.
El dolor y la muerte, lejos de la excepción, son constantes en nuestro mundo. Las bombas de Londres, como las de Madrid o Nueva York, no hacen más que sumar dolor a las de Palestina, Sudán, Irák, Afganistán, Cachemira, Corea del Norte, Nepal, Congo, y más y más.
El fanatismo debe ser combatido. Debemos, entiendo, todos y todas, combatirlo desde el apoyo a nuestros gobiernos y desde la difusión permanente de una cultura de la tolerancia en las ideas y la radical opción por la defensa de los derechos humanos. Mientras el hambre y la violencia llega a tantos lugares del mundo, probablemente debemos sospechar que tampoco se podrá vivir en Paz ni en Nueva York, ni en Madrid, ni en Londres.
Oscar Martín López, jesuita palmero de Los Sauces, acaba de publicar, en la Revista ACCIÓN, el siguiente artículo. Oscar es el director general de Fe y Alegría Paraguay. Aquí nos presenta una visión de la figura de José María Velaz, el fundador de Fe y Alegría. Esta es la segunda y última entrega.
¿Quién dijo que se acabaron los sueños? (y II).
Por Oscar Martín López sj.
Aparte de su condición de ser hombre radical de fe, enamorado del servicio a los pobres, si algo define al P. Vélaz es su capacidad de soñar y, a lo grande, pero bien despierto. Esta cualidad le hizo capaz de convocar a miles de personas para convertir en realidad sus sueños y utopías. A esto se unía una enorme capacidad para aceptar y correr riesgos, para lanzarse a la aventura de "atrapar" sueños y hacerlos vida, historizarlos.
Ni tenemos la fotografía ni el nombre de la autora. Parece una metáfora. Habla del lugar de la mujer en la Iglesia. Se trata de la primera entrega de una conferencia tenida en el Centro Loyola de Las Palmas.
Relegada durante siglos al ámbito de lo privado, receptora de una función de “cuidadora” silenciosa a la que se le presupone una fortaleza incansable al tiempo que se le llamó “sexo débil”; callada en las iglesias por mandato paulino; ignorante muchas veces en el terreno religioso al haber tenido vedado el acceso a los estudios teológicos, pastorales… etc.; oprimida por el “tu no sabes” de los hombres que le rodean, la mujer ha sido casi siempre “invisible” en el espacio de lo público, o cuando más, secretaria eficiente, cuidadora de las cosas de la iglesia como una especie de sacristana-limpiadora.