Oscar Martín López, jesuita palmero de Los Sauces, acaba de publicar, en la Revista ACCIÓN, el siguiente artículo. Oscar es el director general de Fe y Alegría Paraguay. Aquí nos presenta una visión de la figura de José María Velaz, el fundador de Fe y Alegría. Esta es la segunda y última entrega.
Aparte de su condición de ser hombre radical de fe, enamorado del servicio a los pobres, si algo define al P. Vélaz es su capacidad de soñar y, a lo grande, pero bien despierto. Esta cualidad le hizo capaz de convocar a miles de personas para convertir en realidad sus sueños y utopías. A esto se unía una enorme capacidad para aceptar y correr riesgos, para lanzarse a la aventura de "atrapar" sueños y hacerlos vida, historizarlos.
Eran grandes empresas, desafíos de amplios horizontes que apuntaban siempre a crear condiciones de vida más justa para los pobres. Eran retos de igualdad social, de democracia participativa, de vida abundante (dignidad, autoestima, valoración) a los que más carecen de ella. Su propuesta era la antítesis de las típicas ofertas del mundo pragmático, consumista y excluyente que tanto a él en su tiempo, como a nosotros ahora, se nos quiere imponer como hegemónico, como el único “realistamente” posible.
Esta capacidad de soñar tuvo en él tanta importancia que, en una ocasión José María le confesaba a su hermano José Manuel, también jesuita, “...que fueron sus sueños multiplicadores de siempre los que hicieron a Fe y Alegría ...Aunque me da rubor decirlo, señalaba José María, la raíz más profunda de Fe y Alegría está en mi capacidad de soñar despierto, en atreverme a avanzar”. Se esforzaba en no quedarse en la superficie o en la parte externa de las cosas, sino en ir hasta las raíces, dejarse llevar, como dirá él mismo ‘por la fuerza del quijotismo, de las alas y los sueños’.
Este era el dinamismo profundamente joven de un hombre que, pasados ya los 70 años de vida, todavía le seguía haciendo esta petición a Dios : “Que Fe y Alegría nunca abandone la utopía divina de la caridad y que los sueños de amor y de servicio a los más pobres sean la columna de fuego que nos guía en el desierto. El mismo, poéticamente, lo expresa de la manera siguiente:
“Estoy pensando en vosotros,
en los que vendrán.
Estoy levantando Escuelas y Talleres
para una nueva juventud.
Trazando caminos
para pasos que no serán los míos.
Acumulando libros de Arte,
llenos de esperanza.
Porque la belleza
es la más grande mina de esperanza.
Alistando Maestros que os miren
como hijos
pues seréis sus herederos”.
Era una convicción firme de Vélaz que los proyectos grandes y generosos de trabajo con los más necesitados, siempre encontrarían acogida y respuesta en jóvenes deseosos de entregarse al servicio de los demás. Esto pasó desde el comienzo: muchos universitarios que aceptaron con entusiasmo y alegría su propuesta, al abrirse a la posibilidad de servicio a los excluidos, pudieron descubrir mejor el sentido de sus propias vidas.
Desde entonces hasta la actualidad el voluntariado ha seguido desarrollándose y tomando nuevas formas, pero manteniendo siempre una característica constante que él intuyó desde el principio: en el encuentro entre iguales: pobres y universitarios o pobres y profesionales, que se dan mutuamente, brota como don lo mejor de sí mismos. Y de este intercambio ambos grupos salen vitalmente enriquecidos.
Por esta razón aprovechaba cualquier ocasión para compartir sus ideas y proyectos, especialmente con los jóvenes: les provocaba, les desafiaba, seguro de que iba a encontrar generosa respuesta en muchos de ellos. En el fondo latía en él la intuición de que su propuesta de contribuir a la construcción de una nueva sociedad encontraría “una semilla germinal en todo corazón bien puesto y en toda inteligencia informada y racional”.
Estos proyectos transformadores, cuando ni siquiera los había comenzado, el pa´i Vélaz los podía intuir con el relieve y la magnitud de la obra ya concluida. Esta era una importante cualidad que le ayudaba a mantenerse firme en la adversidad y en los momentos de oscuridad; también le servía para defender sus emprendimientos a toda costa, aunque faltara mucho para dar sus primeros frutos. Por eso decían de él que “no era un jesuita de superficie, sino un ser hambriento de espacios y magnitudes...”.
Cuanto más reflexionaba y contemplaba la realidad de pobreza de millones de latinoamericanos, más desafiado se sentía y más evidente se le hacía la frase: “Hay que atreverse...”. Era una de sus expresiones favoritas. “Debemos atrevernos a convocar, a proponer caminos, aunque parezcan difíciles”. Y repetía sin cansancio: “Atrevámonos”, “atrevámonos a hacer una oferta masiva de educación… y no solamente eso sino educación de ¡de calidad!”. Y de calidad porque, señalaba, “no se puede ofrecer a los pobres una pobre educación”. José M. Vélaz era de los convencidos de que una oferta masiva de buena educación era una de las contribuciones más eficaces para la transformación social.
Esta convicción le dispuso para instaurar una pedagogía de la confianza y de la alegría. Al detenerse en la misión que debe caracterizar a los educadores del Movimiento señala que, ante todo, deben ser sembradores de fe y alegría. Sembrarán fe en Dios, fe en su bondad, fe en su providencia, pero también fe en una juventud trabajadora y comprometida; creativa y valiente, una juventud que impulsada por el ejemplo de Jesús está llamada a ser sembradora de alegría.
Se trata de la alegría, como señala el mismo Vélaz, “...de los estómagos y de los corazones contentos en muchachos y muchachas, que casi nunca comen completo, la alegría de la amistad...la alegría de sentirse seguros y progresando cada día, aumentando la confianza en su propio valer y en su capacitación y progreso...”.
Su convocatoria urgente a los jóvenes brota de su captación profunda de que América Latina necesita del sueño y del esfuerzo mantenido de muchos hombres y mujeres. Se necesitan esas manos generosas, dispuestas a recrear un mundo de fraternidad, donde todos puedan vivir con la dignidad de hijos e hijas de Dios. Dejando hablar a su corazón, en una ocasión comenta a unos amigos que el desafío que se nos presenta a los cristianos y a Fe y Alegría es el de “...un mundo por hacer y una prosperidad dormida que despertar, un futuro mejor que honraría a la Iglesia Católica adivinar y a Fe y Alegría conquistar con intrepidez, con constancia y con amor”.
En el momento en que celebramos los cincuenta años del Movimiento, queremos señalar que seguimos encontrándonos con muchas personas: profesores, educadores, pytyvôhára, gente de buena voluntad que, con un amor apasionado de amplitud latinoamericana siguen, en medio de no pocos problemas, adversidades y esperanzas, fieles al desafío ransformador que marcó la existencia de este hombre, cuya vida hoy agradecemos al Señor.