La semana pasada tuvo lugar en Madrid una manifestación multitudinaria. La institución convocante, el Foro de la Familia, habló de más de un millón de personas. La policía y otros medios hicieron un cálculo diferente y hablaban de cerca de doscientas mil personas. Siempre es un número muy importante. A esa manifestación se sumaron personalmente algunos obispos.
Sin embargo, numerosos cristianos y cristianas no se sienten de acuerdo con ese modo de actuar de nuestros pastores. Algunas opiniones han ido al fondo del tema y proponen que la Iglesia aborde de un modo diferente la cuestión de las parejas homosexuales. Otras opiniones sugieren que, sean cuales sean los motivos antropológicos para no estar de acuerdo con la ley, se espera de la Iglesia y de sus pastores una mayor capacidad de diálogo y prudencia en el trato de las cosas públicas.
Es fácil que, en cualquier reunión de cristianos y cristianas, las opiniones sean encontradas. Hay creyentes que, en acuerdo con la postura más desafiante de los obispos, entienden que, como decía uno de los lemas, no es lo mismo, y que, por tanto, conviene estar en la protesta y en la dinámica política de tensión en la que andamos. Hay otras personas igualmente creyentes que se manifiestan favorables a la legislación que el Gobierno ha propuesto al Parlamento. Esas disensiones, en el seno de la Iglesia, no son nuevas, ni tampoco deben asustarnos. No tienen por qué matar nuestra alma.
Nuestra sociedad vive una polarización creciente en los temas que están tocados por la actuación de quienes nos representan políticamente. Me parece que el juego de gobierno y oposición se convierte, con no poca frecuencia, en un tira y tira sin ningún afloja. Cuestiones como educación, política exterior, terrorismo, y otras, son cada día ocasión para la caricatura de quien no piensa igual, para la palabra agresiva, el insulto, etc.
Los cambios en el código civil que el actual gobierno y los partidos que lo sostienen pretenden llevar a cabo, levantan una polémica fuerte, donde todo el mundo se siente incomprendido y mal tratado. Los chistes que circulan por la red, las pancartas que aparecen en algunas manifestaciones públicas, y hasta las formas en que se expresan quienes están en el Parlamento, no son un aliento al acuerdo y la comprensión mutua.
Me encanta que en la Iglesia haya diferentes opiniones sobre las cosas. Ojalá seamos capaces de vivirlas de tal manera que, lejos de ser una ocasión para el enfrentamiento y el desgarro, seamos un ejemplo de cómo vivir los distintos pareceres desde el respeto, la valoración, la lealtad.
Al fin y al cabo, siempre hemos dicho que la Iglesia es sacramento de unidad.
Fernando López sj, miembro del Equipo Itinerante del Amazonia, trasladó su centro de operaciones hace ya casi un año a la región del alto río Solimóes. Comparte su reflexión sobre la misión de quienes colaboran en aquella zona, en concreto, en el Vicariato Apostólico de San José del Amazonas, en Perú. Esta es la tercera entrega.
Una misión a favor de los pueblos del Amazonia (III).
Por Fernanado López Pérez sj.
“La Palabra se hizo carne y armó su tienda en medio de nosotros” (Jn 1,14 a). Este fue el texto que iluminó a los obispos de la amazonía brasileña, reunidos en Manaus en 1997. El documento que salió fue titulado: “La Iglesia se hace carne y planta su tienda en la Amazonía”.
El Centro Loyola de Las Palmas ha organizado una serie de conferencias bajo el título: presente y futuro de la Iglesia. Esteban Velázquez sj habló sobre el trabajo por la justicia en la Iglesia. En esta segunda entrega, luces y sombras de la doctrina y práctica social de la Iglesia, y también algunas tendencias que hacen hoy más difícil este trabajo por la justicia.
Luces:
Lucas López nos presenta tres historias que se enredan en torno al Henares.
María Emilia Santacruz era una mujer feliz. Llevaba colgada de sus ojos las balconadas inmensas del alto de La Paz y sus cabello negro y brillante se asemejaba a las noches de los Andes. “Benigno, péinate bien”, le dijo al mayor de sus hijos que se entretenía delante del espejo tratando de extirpar las espinillas que había descubierto esa mañana en su barbilla. “Náyade, ¿tienes ya los libros en tu mochila?” Preguntó a su pequeña que todavía bebía, sentada en la mesa de la cocina, un espléndido vaso de leche con chocolate.