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Revista digital de reflexión y diálogo. Semana del 27 de Junio al 3 de Julio
Tres en el Henares.
Por Lucas López Pérez sj.
Foto Lucas López sj

Lucas López nos presenta tres historias que se enredan en torno al Henares.

María Emilia Santacruz era una mujer feliz. Llevaba colgada de sus ojos las balconadas inmensas del alto de La Paz y sus cabello negro y brillante se asemejaba a las noches de los Andes. “Benigno, péinate bien”, le dijo al mayor de sus hijos que se entretenía delante del espejo tratando de extirpar las espinillas que había descubierto esa mañana en su barbilla. “Náyade, ¿tienes ya los libros en tu mochila?” Preguntó a su pequeña que todavía bebía, sentada en la mesa de la cocina, un espléndido vaso de leche con chocolate. Tres minutos después, las dos criaturas le dieron un beso y salieron de su casa camino de la escuela. María Emilia volvió a su dormitorio: recogió los pantalones que por fin Carlos Javier, su esposo, había desechado. Acabó de pintarse frente al espejo. De reojo contemplaba la foto de Carlos Javier: un quechua moreno y trabado, con los ojos más achinados de lo normal. Desde la foto, Carlos Javier le sonreía.

Chema Aguado Uríbarri, a la misma hora, cerraba la puerta de su casa. El aire era frío y seco, le recordaba poco al de Donosti. Pero como el cielo amenazaba lluvia se sintió algo más en casa. Maitechu, su hermana, mientras esperaban el ascensor, le insistió: “Mira a ver si llevas toda tu documentación, que luego no nos dejan pasar”. Chema revisó en su riñonera, extrajo la cartera y se cercioró de la presencia del DNI. Estaba triste. Era la primera vez que vería a su hermano Mikel después de la condena. No podía sacar de su alma la pesadumbre de la mañana que les esperaba: los controles policiales, la sala de espera, la cola junto a otras familias de presos. “Gracias”, le dijo a su hermana que le miró con ojos interrogantes. “Por venir también. No hubiera sido capaz de venir solo”, le aclaró. Maitechu le sonrió y le acarició el pelo. Llego el ascensor y se subieron a bordo.

Sidi Ahmed recitaba sus oraciones en ese preciso instante. Arrodillado en el suelo se sintió bendecido por Alá. Pronunció lenta y solemnemente las palabras coránicas y dejó que se asentaran en su alma como bálsamo de felicidad. Miró a su espalda y sonrió al ver a su mujer y sus tres pequeños, todos barones, postrados hacia La Meca. “¿Dónde irás hoy, papá?” Le preguntó el pequeño Mohamed, su benjamín. “A hacer la voluntad de Dios”, le respondió sonriente. “Igual que tú, pequeño bandido”, intervino Fatumata, que sonrió a su esposo y se ajustó el velo que cubría de rojos y bordados su cabello. Al mirarla de nuevo, Sidi Ahmed creyó reconocer el tono azul del Mediterráneo de Ceuta en los ojos de su compañera. Cuando salió a la calle, Sidi Ahmed sintió el aire frío y seco y contempló cómo las nubes parecían querer dejar caer las aguas de otoño.

Cuando sonó el teléfono, Chema sintió primero como si alguien le empujara violentamente; luego, el calor y la nada. Maitechu vió una luz intensa y sus ojos se secaron antes de que pudiera gritar el último aire de su vida. María Emilia imaginó que los Andes la aplastaban pero su mente se opacó cuando un cristal rasgó su cuello y su cabeza salió despedida a través de los quebrados ventanales. Sidi Ahmed recibió en su rostro el golpe íntegro de una vidriera y voló violentamente expulsado fuera del vagón. Desde el suelo, antes de morir, comprobó triste que había perdido su pierna derecha.

Cuando los servicios de bomberos, los policías y la gente del SAMUR llegaron a la estación del Pozo del Tío Raimundo, el alma del dolor dejaba escabullirse la vida. En Ceuta, en La Paz y en San Sebastián, a las pocas horas, algunas familias se abrazaban entre lágrimas. Mientras tanto, el Ministro del Interior reconocía que aunque las investigaciones avanzaban, no sabían con certeza quién había matado a la gente de los trenes del Henares.

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.