Su situación actual depende mucho de lo que nuestros gobiernos han hecho con su vida. El amplio territorio del Sáhara estuvo colonizado por el Estado Español. La crisis del franquismo final fue el momento elegido por el reino de Marruecos para hacer una “opa agresiva” sobre la presencia española y, de camino, sobre los derechos del pueblo saharaui. Por más que le demos vueltas, el tratado de Madrid, firmado entre España, Marruecos y Mauritania, no tiene validez jurídica internacional y el proceso de descolonización, pésimamente ejecutado por nuestro gobierno, no se atiene a las normas del derecho internacional.
En los últimos treinta años, muchos elementos se han sumado a la complejidad de la situación. Para empezar, el mero hecho de que muchos hombres y mujeres vivan en Tinduf, en los campos de refugiados, donde esperan la realización de un sueño, desde hace ya treinta años. Para seguir, los interese de la república argelina, empeñada en obtener una salida al Atlántico; el ya largo conflicto que mantiene con Marruecos, su vecino de occidente, hace temer al reino alhauita una influencia argelina en su frontera sur que acabara por envolverlo contra el mar. Muchas naciones del mundo, principalmente de África, han reconocido ya a la República Árabe Saharaui Democrática. Naciones Unidas también reconoce el derecho de los mal descolonizados miembros de la comunidad saharaui a realizar su referéndum de autodeterminación. Marruecos ha ido incumpliendo todos los plazos. Los universitarios y universitarias saharauis, en medio de la crisis económica que viven el territorio, protestan ante las autoridades marroquíes en una especie de “intifada” que nos hace temer la vuelta a las armas por parte de los unos y la continuación represiva por parte de los otros. Y la misión de Naciones Unidas no se sabe muy bien si está avocada al fracaso o si sirve, en realidad, para dar un velo de legitimidad a la pretensión marroquí.
Es probable que los temores de Marruecos estén legitimados. Es reconocido internacionalmente el derecho saharaui a la autodeterminación. Es cierto que Argelia y Marruecos no se sientan a resolver de forma definitiva sus problemas. Parece evidente que nadie encuentra las vías para dar solución a este tema. El gobierno de España da bandazos en función de quien haya sido elegido para gobernar. Mientras tanto, una generación entera de hombres y mujeres ha nacido en un campo de refugiados y no conoce otro modo de vivir. No estará nada mal que recordemos a nuestro gobierno, con nuestra solidaridad y nuestra reivindicación, que fue el comportamiento del Gobierno de España el que llevó a su actual suerte al pueblo saharaui.
Fernando López sj, miembro del Equipo Itinerante del Amazonia, trasladó su centro de operaciones hace ya casi un año a la región del alto río Solimóes. Comparte su reflexión sobre la misión de quienes colaboran en aquella zona, en concreto, en el Vicariato Apostólico de San José del Amazonas, en Perú. Esta es la segunda entrega.
Una misión a favor de los pueblos del Amazonia (II).
Por Fernanado López Pérez sj.
“La Palabra se hizo carne y armó su tienda en medio de nosotros” (Jn 1,14 a). Este fue el texto que iluminó a los obispos de la amazonía brasileña, reunidos en Manaus en 1997. El documento que salió fue titulado: “La Iglesia se hace carne y planta su tienda en la Amazonía”.
El Centro Loyola de Las Palmas ha organizado una serie de conferencias bajo el título: presente y futuro de la Iglesia. Esteban Velázquez sj habló sobre el trabajo por la justicia en la Iglesia. Empezamos a publicar su reflexión.
Pio XII hablo de la “herejía de la acción” hace tiempo y esa actitud básica espiritual de temor ante la acción como <peligro de “perder” la espiritualidad ha marcado y sigue marcando la espiritualidad cristiana. La santidad y la pureza corre peligro por el desbordamiento o las impurezas de la acción.
Joan Carrera y José I. González Faus acaban de publicar el número 133 de los cuadernos CJ. Publicamos aquí parte del texto como introducción. Para acceder al mismo completo, consultar www.fespinal.com
Hace años, en un estudio de nuestro Centro sobre la globalización, hablé del “imperativo tecnológico” como uno de los rasgos culturales negativos de nuestra hora histórica. Me refería a la pretensión de que, cuando alguna cosa es tecnológicamente posible, debe llevarse a cabo sin atender a consideraciones morales ni pararse a medir sus consecuencias a corto y largo plazo, arguyendo que, si esas consecuencias son negativas, ya encontraremos manera de remediarlas.