Joan Carrera y José I. González Faus acaban de publicar el número 133 de los cuadernos CJ. Publicamos aquí parte del texto como introducción. Para acceder al mismo completo, consultar www.fespinal.com
Hace años, en un estudio de nuestro Centro sobre la globalización, hablé del “imperativo tecnológico” como uno de los rasgos culturales negativos de nuestra hora histórica. Me refería a la pretensión de que, cuando alguna cosa es tecnológicamente posible, debe llevarse a cabo sin atender a consideraciones morales ni pararse a medir sus consecuencias a corto y largo plazo, arguyendo que, si esas consecuencias son negativas, ya encontraremos manera de remediarlas.
No niego que la ciencia ha de avanzar mucho por el sistema de “trial and error”; pero tampoco deberíamos olvidar que, en más de una ocasión, cuando constatamos las consecuencias dañinas ya no nos es posible hacer marcha atrás, porque estamos totalmente infectados por ellas, y ya nos hemos convertido literalmente en “adictos” de aquel supuesto avance técnico. Un proceso muy semejante al que ocurre con la drogadicción.
No quisiera que esto mismo nos ocurra con el problema ecológico. Pero temo que acabe siendo así, si no conseguimos “cambiar de paradigma” y controlar a los desaprensivos. La ciencia se inclina a pensar que la tierra ha soportado ya otras catástrofes ecológicas. En cada una de ellas, lo que perece irremisiblemente no es el sistema tierra, sino algunas especies (los saurios, por ejemplo). La tierra queda malherida y se va recuperando a través de millones de años, para reanudar el proceso evolutivo. Por eso consideran algunos científicos que, si viene una nueva catástrofe ecológica debida al maltrato del hombre, tampoco morirá totalmente la tierra, sino la especie humana. Aquella se irá rehaciendo durante millones de años, hasta alumbrar una nueva especie capaz de conocimiento y amor (y, en ese sentido, análoga al hombre aunque otros hablan de nuevos hombres).
Así volvemos a lo que fue nuestro punto de partida. Pero de esto sabemos muy poco o nada: el único valor de estas consideraciones es la confirmación de que en el campo ecológico “res nostra agitar”: se pone en juego no algo nuestro sino nosotros mismos.
Otras cuestiones que pueden surgir de esta consideración me parecen ociosas. ¿Qué significaría teológicamente ese desaparecer del hombre por haber destruido el ecosistema que lo cobijaba? En primer lugar hay razones para esperar que no se produzca porque, para Dios, los diez justos de Sodota evitaban la destrucción de la ciudad. Por eso, hay que recuperar la afirmación de san Ireneo de que por los buenos no se destruye la creación. Esto significa que los ecologistas, los amantes de la tierra, pueden salvar la aunque su lucha parezca muchas veces la de David contra Goliat.
En segundo lugar, queda otra pregunta estremecedora: si la especie humana desapareciera tal como hemos descrito ¿qué sería de aquellos seres humanos que ya murieron en El Señor y, desde nuestra inexacta óptica temporal, aguardan la plenitud del Reino de Cristo, cuando hayan sido destruidas todas las esclavitudes? ¿Habrá Encarnación en otra hipotética especie humana? ¿Cabe ver en la encarnación de La Palabra en nuestra carne humana, y en la presencia eterna de la humanidad de Cristo en la Trinidad, una garantía de que no se producirá lo dicho?
Naturalmente, no lo sabemos. Pero, otra vez, lo importante no son las respuestas sino el que esas preguntas sigan vivas. Pues este tipo de preguntas pone sobre el tapete la enorme importancia del tema: la cuestión ecológica no es un juego ni una ocupación de chiflados, ni un peligro que se arreglará por sí mismo, como tiende a mirarla demasiada gente. Es cuestión “de vida o muerte”. Nunca mejor dicho.