El Centro Loyola de Las Palmas ha organizado una serie de conferencias bajo el título: presente y futuro de la Iglesia. Esteban Velázquez sj habló sobre el trabajo por la justicia en la Iglesia. Empezamos a publicar su reflexión.
Pio XII hablo de la “herejía de la acción” hace tiempo y esa actitud básica espiritual de temor ante la acción como peligro de “perder” la espiritualidad ha marcado y sigue marcando la espiritualidad cristiana. La santidad y la pureza corre peligro por el desbordamiento o las impurezas de la acción. Y esto de forma casi inconsciente aunque conscientemente sigamos pensando que la fe sin obras es vana, como diría el Apóstol Santiago. Sin embargo debemos acudir a nuestra única fuente con valor de referencia absoluta. Jesús de Nazaret. Y en el me parece que hay tres cosas claras:
Profetas y místicos sondos dimensiones de una experiencia común de irrupción de la verdad en la vida. O, mejor dicho, de desvelamiento de la verdad de la vida, de lo que somos y estamos llamados a ser. El Ruah (espíritu) y Dabar (palabra) de la Biblia se necesitan mutuamente como profetas y místicos se necesitan mutuamente. Hoy más que nunca.. Necesitamos místicos que sean profetas y profetas que sean místicos. De lo contrario no son ni lo uno ni lo otro.
Es, sobre todo, en el empeño transformador de la sociedad y de las instituciones religiosas o espirituales, donde la identidad mística se diferencia más netamente de la del iluminado y en donde encuentra su mejor punto de intersección con la identidad del profeta. La experiencia mística se presenta como el pivote de un camino que tiene su meta en una acción y compromisos concretos. No es una isla para el gozo y la satisfacción a modo de reclusión en un seno materno, sino que opera como un oasis o un reposo en medio del camino, a veces desierto, a veces plagado de dificultades, en la realización de un compromiso histórico.
Pero hoy día, a mi juicio, existe un peligro especial de que la revalorización de la mística, tan en boga, olvide su alma profética. Lo pensamientos y parámetros conservadores o neoconservadores que quieren fijar el mundo para siempre en el orden inmoral existente, son los más interesados en que crezcan grupos y personas que vivan desligados mística y profecía y viceversa. Pocas cosas ponen tan en peligro un sistema de poder como los seres humanos y los colectivos que vivan en forma de relación armónica la hondura de sus ser místico y su ser profético. Si para sentirnos en paz y reconciliación interior hemos de abandonar o disminuir la tareade transformación del mundo, estamos poniendo nuestra aparente paz al servicio de la injusticia. Y eso no es paz sino quietismo.
Aparentemente se ha superado la tensión existente en el pasado entre justicia social y espiritualidad cristiana que se vivió con acritud en muchos momentos históricos, algunos de ellos no lejanos (condena de lo curas-obreros; debate y sanciones sobre la teología política y, posteriormente, la teología de la liberación; tensiones de movimientos y comunidades cristianas diversas con la jerarquía). ¿Pero es solo una “Pax aparente”, una especie de “tregua” sin acuerdo de fondo? ¿Se ha dado una suficiente integración interior y de acción entre espiritualidad cristiana y lucha por la justicia?. Veamos.
Todavía somos herederos de un pasado en que se ha identificado más la espiritualidad con virtud personal que con Reino de Dios. Se pasó de la espiritualidad del Reino o reinado de Dios del Evangelio a la virtud del pensamiento grecolatino. El cristianismo incorporó, por ejemplo, elementos estoicos, que proponíanen lugar de la acción en cuanto praxis, la acción en cuanto ascesis o acción sobre sí misma. Lo fundamental era el control sobre las cuatro pasiones fundamentales de los estoicos: placer, deseo, tristeza y miedo más que la praxis en sí misma.
El término “virtud” es ajeno a la tradición bíblica. El arameo no tiene equivalente a la palabra griega “areté” (virtud). Solo aparece dos veces en el Nuevo testamento y en unos contextos irrelevantes (Filp. 4,8 y 2Pe.1,5)
Lavirtud era, para los griegos, un privilegio de los sabios o de los aristócratas, los que tienen honor o prestigio. El hombre virtuoso, para Aristóteles, no ejerce ningún trabajo “despreciable”, no sirve a nadie. La virtud no era para los pobres y la gente sin cultura.
Existe hoy día, a mi entender, un resurgir de esa virtudelitista, aristotélica, platónica, gnóstica o estoica según los casos. La persona “virtuosa” es la que avanza mucho en el “crecimiento personal”. Pero no forma parte de ese crecimiento personal, en muchos casos, la transformación objetiva de la sociedad, la lucha por la justicia (a lo más solo “gestos” pero sin especial preocupación por el cambio estructural global). Una persona puede “crecer” mucho personalmente aunque no esté implicada fuertemente en la lucha social. Es más, a veces, de forma subconsciente o inconsciente, se establece un paralelismo o relación entre la “nueva virtud” y la distancia de lo socio político que “mancha”, la despolitización, en definitiva.
Hasta el punto de que, para esta mentalidad, no es relevante lo social en la construcción del sujeto o la persona. La felicidad puede darse al margen de la aportación objetiva a la construcción de un mundo mejor. No es que se propugne el desinteréspero no al grado de implicarse seriamente en la lucha y el logro de resultados concretosy estructurales para el bien de la humanidad desfavorecida.
Frente a esta espiritualidad, creemos que la espiritualidad de Jesús y el reino pone el centro y el acento no tanto en la perfección ascética del sujeto sino en el esfuerzo para suprimir el sufrimiento real y para dignificar la vida de los seres humanos. En el fondo, como dice J.M. Castillo “se trata de dos proyectos contrapuestos: la espiritualidad del reino saca al individuo de sí mismo para proyectarlo hacia la vida y el sufrimiento de los demás, mientras que la espiritualidad de la virtud centra al individuo en sí mismo, en su propia perfección, en su propia subjetividad. Teniendo en cuenta que, en uncaso y en otro, el problema no está en la mayor o menor generosidad del creyente. El problema está en saber donde pone cada cual su generosidad e incluso, si es preciso, su posible heroísmo.