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Revista digital de reflexión y diálogo. Semana del 13 al 19 de Junio
Un país como Dios manda.
Por Lucas López Pérez sj.
Foto Elias López sj

Lucas López nos cuenta una historia privilegiada de cierto retorno a Canarias por parte de una familia originaria de Mirca, en Santa Cruz de La Palma, y emigrada años atrás a Venezuela.

Desde donde jugaba, Jully Nieves podía ver, a través de la ventana que daba al jardín, a un hombre que, vestido con un uniforme militar, hablaba a través de la televisión. “Ya no podemos aguantar más”, oyó que decía su padre, sentado en su butaca, frente al aparato. Amado Rodríguez era hijo de canarios. Nacido en mayo de 1962, heredó de su padre varias concesiones de automóviles, una buena partida de acciones en la bolsa y el recuerdo añorante por la casa de Mirca, en la isla de La Palma, al otro lado del Atlántico. Le había ido muy bien con los negocios y llegó a tener un cargo muy importante en la cámara de comercio de Venezuela. Vivía normalmente en Caracas, pero tenía una casa grande puesta con todo lujo de detalles en isla Margarita.

Jully Nieves tenía diez años y era la mayor. A su hermano le habían puesto Tanausú George. Y la hermana más pequeña fue bautizada con el nombre de Jennifer Guasimara. Con sus hermanos estaba apuntada en el grupo de Coros y Danzas de la Casa Canaria. Le gustaba especialmente cantar las malagueñas, sobre todo aquella que hablada del peregrino: “Esa golondrina que vuela en el mar, es otro emigrante, que se va y se va”. En el jardín jugaba con sus hermanos al ritmo de las isas cuando su padre volvió a repetir: “Ya no podemos aguantar más. Chavez nos va a dejar sin país”. Georgina Jully conocía a su esposo. Sabía que Amado estaba a punto de estallar y trató de evitar todo diálogo. Pero aquella noche, antes de hacer el amor con cierta monotonía, tuvo claro que tenían que hacer las maletas porque dejaban el país.

Cuando Jully Nieves pisó la tierra de La Palma, al bajar del avión, se quedó mirando las montañas que parecían llenar todo su horizonte. Más tarde, en el auto que los trasladó hasta la vieja casa de Mirca comprobó que el mar, azul e inmenso, se imponía en todos los paisajes. Amado sentó a sus hijos en el salón de la nueva casa. “Esta es nuestra patria”, les dijo muy serio, mientras a Georgina, su esposa, se le coloreaban con un intenso y brillante carmesí los ojos y una lágrima imprudente le resbalaba salada hasta la comisura de los labios.

En la nueva casa había un patio con un drago viejo y alto en medio. Bajo su sombra majestuosa, los niños comenzaron a jugar. Jully Nieves sonrió al comprobar que también desde allí se podía ver la tele. Su padre, sonriente, sentado frente al aparato exclamó: “Este es un país como Dios manda”. Su esposa, sentada a su lado, sonreía mientras observaba las imágenes de la tele. En las noticias, una bella locutora rubia hablaba de un grupo de militares españoles que patrullaba por un lugar desértico, en un país que, decían, se llamaba Afganistán.

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.