El reciente cambio en el Gobierno canario es el punto de partida para un relato sobre coincidencias y responsabilidades.
El consejero García miró con un detenimiento excesivo el puré anaranjado. Lo alzó con su mano derecha y posó sus labios sobre el borde plástico transparente. Antes de que el líquido discurriera por su boca, el aroma del mango le llenó de satisfacción. Cerró los ojos e hizo que el zumo recorriera todos los recovecos de su boca. Aunque no llegó a sonreír, su propio modo de comportarse se le antojó ridículo.
“Cualquiera diría que es un gran reserva de Ribera del Duero”, se dijo silencioso.
“¿Cómo está, don Manuel?” Le hizo despertar una voz a apenas dos metros. “¿Le molesto si me siento a su mesa?” Preguntó el recién llegado.
Manuel García, Consejero de Empleo y Asuntos Sociales del Gobierno de Canarias, levantó la vista. Pensó para sí que aquel rostro, evidentemente conocido, gesticulaba con aires de carnaval y prometía asuntos enojosos. Se lamentó por la paz perdida, sin mostrar el más mínimo rictus que lo delatara.
“Siéntese usted; ¿le apetece un jugo de mango?” Preguntó obsequioso mientras trataba de frenar con éxito suficiente un casi incontenible impulso irónico.
“No esperaba encontrarlo en el aeropuerto”, enunció casi solemne su interlocutor. El rostro del consejero le invitó a más explicaciones: “Me refiero a que ustedes tienen mañana esa reunión tan importante”.
“Estoy acostumbrado. Esta noche dormiré en casa, con mi esposa y mis hijos. Mañana, eso sí, a primera hora, de nuevo en el aeropuerto. Estaré de vuelta antes de que empiece la reunión”, aclaró Manuel García mientras se preguntaba quién era aquel sujeto que le abordaba tan directamente. Cuando la neutra voz de la megafonía le llamó para su vuelo, el consejero supo que eran las siete de la tarde. Se levantó, se despidió amablemente del interlocutor innominado y empezó a imaginarse junto a Mireya, su esposa, especialista en noches de escaladas cada viernes.
2
A esa misma hora, a las siete de la tarde, Marcelino Sánchez miraba escéptico el fajo de billetes que acababa de retirar de su cuenta en la Caja. Margalida Llorens, su joven esposa castellonense, le observaba desde la esquina del dormitorio donde mecía la cuna del pequeño Benito. Margalida había venido a trabajar al hotel Tres Fanegas en el Cielo, de la costa norte tinerfeña invitada por una prima suya a la que le iba muy bien. Margalida se convirtió muy pronto en la chica que atendía el bufet hotelero. Benito trabajaba para Comidas de la Costa, la más que fiable, según todos los juicios conocidos, empresa de servicios de alimentación a instituciones. La primera vez que se amaron fue cuestión de quince minutos, en una habitación del hotel, a escondidas de jefes y personal. Ni pudieron desnudarse, pero, contra todo pronóstico, la semilla de Marcelino se deslizó ágil y jubilosa por las cavernas de Margalida e hizo un milagro. Cuando nació Benito, Margalida y Marcelino habían recibido todas las bendiciones y conformado un prometedor matrimonio canario. Ella se vino a vivir donde él, en una habitación suficientemente amplia que los padres de Marcelino, Gumersindo y Candelaria, tuvieron empeño en concederles.
“No sé yo cómo vamos a llegar a final de mes”, aventuró Marcelino con los ojos fijos en los pocos billetes amontonados sobre la colcha roja de su cama. En aquel momento, a Margalida se le pasó por la imaginación la escena vivida el último día en el hotel. Don Félix, el abogado, responsable de personal, la esperaba con un cheque en la mano.
“Comprenderá usted”, le dijo, “que estas cosas no podemos permitirlas”.
Margalida, que conocía las historias de sus jefes y de sus compañeras, no comprendía por qué motivo resultaba que su historia no podía permitirse. Sin embargo, conteniendo las lágrimas hasta dejar atrás el hotel, agarró el cheque y corrió cuanto pudo hasta su apartamento. Tres meces después nació Benito.
“Benito, por el papa nuevo”, le dijo Marcelino, que pertenecía a un grupo de catecumenado.
“Pero si tiene muy mala cara con esas ojeras”, argumentó débilmente Margalida.
“Es el papa y seguro que nos irá bien”, concluyó Marcelino en un tono que no alentaba alternativas. Ahora, mientras Margalida acunaba al pequeño Benito, Marcelino contemplaba desesperanzado el fajo de billetes.
“En fin”, concluyó desolado. “Más vale que lleguemos a un buen acuerdo y nos suban el sueldo en Comidas de la Costa; como el lunes es día primero de mes, sospecho que nos dirán alguna cosa”. Margalida se acercó por detrás. Le hizo rosquillitas en la oreja. Marcelino se volvió complaciente. Intuyó, bajo las telas rosas, los pezones erguidos de su esposa. Se dejó hacer entre sudores y gemidos.
3
Baldomero Yanes había denunciado mil veces la política de contrataciones de la Consejería de Empleo y Asuntos Sociales.
“Es puro amiguismo. Los precios que se pagan son inaceptables. El servicio, que dicen que es bueno, es insostenible a largo plazo”, había sentenciado cuando el Presidente Abel Gómez Daswani le llamó. Fue una reunión secreta.
“Voy a necesitar el apoyo de sus diputados”, le informó claro el Presidente. “La actual coalición no me conviene más. No me fío de esa gente”.
El encuentro tuvo lugar en un reservado del Restaurante La Calle del Cura Al Fondo, en La Laguna.
“Entiendo que su apoyo está garantizado”, aventuró el Presidente con un vino de Acentejo en una copa grande, muy abierta, que mecía frente a él suavemente.
“Usted sabe que siempre hemos deseado ocupar esa consejería”, le contestó Baldomero eludiendo cualquier ambigüedad.
Cuando el presidente, acompañado de Gabriel Casona, su más fiel escudero, abandonaba la sala, Baldomero Yanes marcó un número de teléfono.
“Vente al La Calle del Cura Al Fondo”, pidió a su esposa. “Tenemos motivos para celebrar. La Consejería bien vale una cena, ¿no te parece?”.
“Pero Baldi, cariño, si todavía son las siete. ¿No crees que es demasiado temprano?”
4
“¿Tiene usted hora, por favor?” Preguntó Ayose González mientras se aflojaba el nudo de la corbata. Desde la terraza del restaurante Cinco Guanches Muertos, a la orilla norte de la autopista, en La Matanza, el mar aparecía plácido al atardedecer. Desde su puesto al aire libre no necesitaba levantarse para distinguir los veneros de temperatura y movimiento desigual que se dibujaban sobre la superficie azul como si se tratara de un mapa. El azafrán empezaba a intuirse en una atmósfera que anunciaba el cansancio del sol, dispuesto ya a descansar en lo profundo de las aguas. Ayose se sintió perplejo. El Puerto de La Cruz, vomitado sobre la costa, le parecía excesivo. Excesiva le parecía también la silueta cada vez más oscura del Teide.
“Las siete de la tarde, señor. ¿Desea usted otra cerveza?” Le respondió una joven rubia que vestía el uniforme negro y varonil, con cierto aire de bailaor gitano, que usaban los camareros de Cinco Guanches Muertos. Ayose arrancó instintivamente una sonrisa del ombligo de su alma. Aunque sospechó que no había conseguido más que una mueca ambigua, aventuró su instinto de cazador: “Una cerveza y un poco de conversación, si puede ser”. Donatella, la rubia genovesa hija del propietario del restaurante, se giró elegante y se retiró sin decir palabra. Mientras tanto, Ayose, por más vueltas que daba a los papeles que tenía sobre la mesa, no alcanzaba otra conclusión: si había crisis de gobierno y la consejería de asuntos sociales pasaba a manos de Baldomero Yanes, les retirarían el catering de las casas de mayores. La actual plantilla resultaría pronto económicamente insostenible.
Mientras se sentaba frente a él, Donatella situó dos cervezas sobre el mantel vino burdeos. El resto de las mesas, vacías todavía, invitaban a tomarse el día libre. Se sentó decidida ante Ayose y dejó que su piel se apuntara de deseo.
“Antes de que hagamos el amor, me tendrá usted que mostrar algunas cosas de su alma”, propuso liberal mirando directa a los ojos negros de Ayose.
Más tarde, en la cama a la que le llevara la sorprendente camarera, Ayose humedeció sus preocupaciones gimiendo como un pequeñín. Aun dentro de Donatella, la tinta de su alma no paraba de escribir la lista de los nombres de quienes deberían dejar Comidas de La Costa. No entendía por qué, pero el que más le pesaba era el de Marcelino.