Lucas López sj comparte este relato, el “pasaporte”, sobre algunas cosas que se viven por este mundo de Dios.
Ibrahim Al Medina se empezó a poner nervioso. Intentaba contenerse porque temía con toda su alma la mera posibilidad de hacer el ridículo delante de su esposa y sus tres hijas. El Sirocco, un barco ligero pero algo anticuado de la compañía Ferry Marroc, había alcanzado el puerto de Almería hacía más de una hora. Sin embargo, el vómito de pasajeros se ralentizaba hasta el extremo ante el despacho de los policías del puerto.
Joaquín Gazquez sonreía satisfecho. “Hijos de puta, ¿quién coño se creerán que son?” Se repetía una y otra vez mientras repasaba con calma infinita los pasaportes de los desesperados viajeros. “Porque me sale de los huevos”, contestó mirando a los ojos a un joven bien parecido y moreno que había intentado salirse de la fila para acercarse a otro de los puestos de la policía. “Te quedas en esta fila, ¿a dónde coño te crees que vas, imbécil de mierda?” Insistió el cabo Joaquín. “Sólo quiero ir a la otra fila”, se había atrevido a aventurar con marcado acento magrebí el joven pasajero. “Tú te quedas donde estás, puto moro”, escuchó sorprendido. “¿Por qué me tengo que quedar?” Trató de insistir. “Aquí no pasa más que el que a mí me sale de los jodidos huevos”, aclaró con contundencia el cabo.
Ibrahim se sintió lleno de ira. Hizo un breve movimiento y sintió cómo su esposa tiraba de él hacia atrás. Se dio la vuelta para mirarla y observó cómo los ojos de Miriam le pedían sosiego. “No hay prisa”, comenzó a decir ella. “¿Qué pasa contigo, moro?” Se dejó oír de nuevo la voz del impetuoso policía de puerto. Ibrahim se volvió sin sospechar que a él se dirigían aquellas palabras. “Tú y tus putas mujeres se quedan aquí hasta el final”, ordenó el cabo con una voz que no parecía dejar huecos a la duda. En su mano derecha sostenía la pistola reglamentaria. El rostro de Ibrahim reflejó el terror cuando observó cómo era encañonado. “Joaquín, Joaquín, no te pases. Déjales ya”, intervino Pedro Pablo, su compañero. “Moveos, tú y tu gente. Moveos.” Ibrahim Al Medina, su esposa y sus tres hijas avanzaron despacio hasta el lugar donde el agente de seguridad les indicaba.
“Sargento, no se altere usted”, terció un ciudadano magrebí que mostraba ostentosamente su documentación al irascible policía. Joaquín se contuvo. “Tú eres de los míos. Pasa. Ya me podrás ayudar a mí en tu país”, comentó al comprobar que se trataba de un teniente de la policía marroquí. Así fue como Jamal Ibn Mohamed cruzó la frontera por Almería y se dirigió a Madrid con oscuras intenciones. Mientras tanto, Ibrahim y su familia esperaron a que pasaran todos los demás viajeros. Cuando por fin se puso frente al agente, le mostró herido su pasaporte.
“Antonia, María, Lola, ya podemos pasar”, dijo Miriam, su esposa, dirigiéndose a sus hijas. El cabo Joaquín se levantó de la mesa como si nada hubiera pasado. El pasaporte de Ibrahim Al Medina indicaba que era natural de Los Llanos de Aridane, en La Palma, al igual que su esposa Miriam y sus tres hijas.