ihs
Revista digital de reflexión y diálogo. Semana del 16 al 22 de Mayo
El altar efímero de resurrección en La Palma (III): Fundación, evolución y desaparición del altar.
Por José Escudero.
Foto José Escudero

José Escudero nos propone la tercera parte de su nota sobre el ALTAR EFÍMERO pascual en La Palma.

3.- FUNDACIÓN, EVOLUCIÓN Y DESAPARICIÓN DEL ALTAR.

Volviendo a la mansión que nos ocupa, en 1680, Don Juan Fierro y Monteverde y Doña Tomasina de Espinosa y Boot - patrona de la capilla de San Juan Bautista de El Salvador-, dueños de la casona, fundaron mayorazgo de bienes en cabeza de su primogénito Don José Fierro Monteverde, por Real Facultad de S. M. Don Carlos y su madre, Doña Mariana de Austria, como tutora y gobernadora de los Reinos, dada en Madrid el 16 de noviembre de 1671.

En el testamento que otorgaron cerrado, mancomunadamente, en 1691, obligaron al sucesor en el mayorazgo a conservar la costumbre que, desde tiempo inmemorial tenía la familia y que, como dijimos, iniciaron las monjas claras.

La tradición consistía en el levantamiento del altar adosado a las casas principales donde se colocaba la custodia con el Santísimo Sacramento, durante la mañana de Pascua de Resurrección, mientras se cantaba una antífona, versos y oración. Recalcaron que debían hacer y enramar con decencia el altar que se venía armando… Para ello, se recogía previamente del monte cercano, brezo, faya, laurel y palma y así cubrir, a modo de tapiz de "rama", buena parte de la fachada donde iba a ser colocado el altar. Gracias a la sombra que el gran toldo que se colgaba entre la Casa Fierro y la de enfrente proporcionaba a la calle, su verdor, aroma y frescura duraba más tiempo. Los adornos florales eran también habituales en este tipo de altares efímeros y actos festivos.

Fue renovado en la primera mitad del siglo XIX bajo la dirección artística del célebre sacerdote Don José Joaquín Martín de Justa (1784-1842)- íntimo colaborador del Cura Díaz en la reforma del interior de El Salvador-en la que su sensibilidad arquitectónica dejó profunda huella . Este polifacético sacerdote fue quien lo diseñó siguiendo las características del neoclasicismo y fue usado hasta mediados del siglo pasado.

Aparte de ser un presbítero ejemplar y un orador afamado, se le consideró el mejor arquitecto que en su época tuvo la provincia de Canarias y el artífice principal de la renovación urbanística que se produjo en Santa Cruz de La Palma en la primera mitad del siglo XIX. Perteneció a las Juntas Municipales de Caridad, Enseñanza y Obras Públicas, preocupado siempre por la realización de obras sociales en beneficio de sus conciudadanos. Fueron también obras suyas: la efímera y elegante "Mesa del Corpus", los retablos de El Salvador, la sala de la sacristía, la capilla el cementerio de la ciudad y numerosos edificios.

Este bello y suntuoso inmueble, al que todos conocemos por Casa Fierro, fue el elegido por la sociedad recreativa denominada "Nuevo Club", como sede para sus actividades sociales. Tras un período de alquiler, fue comprado a la dueña de aquel entonces, Doña Josefa Van de Walle y Valcárcel, esposa de Don Luis Van de Walle y Quintana, Marqués de Guisla Ghiselín. Los vendedores incluyeron una cláusula por la que se les consentía continuar levantando el altar en la noche del Sábado Santo de cada año para el descanso del Santísimo Sacramento en la mañana siguiente, ó sea el Domingo de Pascua, en el portal ó puerta principal de la casa enajenada.

El altar desmantelado se continuó guardando durante muchos años en la iglesia del ex convento dominico, y con posterioridad fue llevado por la Marquesa de Guisla- Guiselin, doña Dolores Van de Walle y Fierro, viuda de don Pedro Miguel de Sotomayor y Pinto, para el Monasterio cisterciense de la Santísima Trinidad en Breña Alta, del que había sido ilustre fundadora.

Dando pruebas de su piedad, ingresó en la Orden y allí la noble dama tomó el nombre de Sor Teresa de Jesús y el hábito de San Bernardo.

Era muy común el levantamiento de estos altares, armazones, túmulos efímeros y carros, tanto en la proclamación de los monarcas , como durante las solemnes exequias reales y otros cultos solemnes.

Toda esta parafernalia ha dado como fruto lo que algunos autores han definido como el resultado de una sucesión de métodos o técnicas que produce unas creaciones, más que meros objetos, cuyo valor reside precisamente en ser consumido, literalmente en una experiencia que la destruye.

El altar, rápidamente levantado para ese momento de la mañana, después de las suntuosas procesiones de la Semana Santa palmera, era inmediatamente desmontado y retirado de la fachada para ser custodiado nuevamente en el Salvador. Es decir, retomando lo anterior: el altar era creado y destruido en esa mañana.

Más tarde se guardó en la lonja de una casa perteneciente a la Sra. Marquesa de Ghisla Ghiselin, en la actual calle Pedro Poggio, hasta que se necesitó para entronizar en él al Crucificado del Cementerio, durante la Guerra Civil, en el Ex Real Convento de San Miguel de las Victorias, hoy iglesia de Santo Domingo. La Señora accedió a prestarlo al cenobio. Allí se custodió, frente a la puerta principal de ese templo. Sobre él se colocó al Cristo y a sus lados se situaron los seis blandoncillos o candeleros de metal pertenecientes al primitivo altar.

Después de la guerra, el Crucificado fue trasladado en una multitudinaria y solemne procesión al camposanto. Durante cierto tiempo, el altar se guardó en Santo Domingo hasta que, como dijimos, la Sra. Marquesa envió las piezas al Monasterio del Císter. Se pretendía así dignificar los actos de su fundación y de adornar la humilde capilla. Allí permaneció hasta que el ataque de los insectos xilófagos, la humedad, el paso del tiempo… acabaron destruyéndolo.

En una de las fotos podemos observar cómo era parte de este altar, hoy desaparecido en casi su totalidad, con un frontal de madera clara, de color perla, a modo de sepulcro, en el que aparecía la inscripción en letras negras Non estic (no está). Hacía referencia a que Jesucristo ya había resucitado. También se aprecia parte de una balaustrada que se situaba a ambos lados y una especie de pirámides. Este frontal era colocado sobre una especie de tarima para aportarle más altura y volumen. Otros elementos importantes de este altar "callejero" eran los seis candeleros de metal que se situaban a ambos lados del expositor donde se colocaba al Santísimo. Éste consistía en una custodia monumental, adornada con nubes y ráfagas, y rematada por una cruz. Bajo la parte redonda correspondiente al círculo de la sagrada forma, se apreciaba un soporte con espacio suficiente para albergar la custodia y aportarle mayor espectacularidad y magnificencia mientras duraba su descanso procesional ante la vista de los fieles.

Las monjas del Císter ocultaron el redondel con la mencionada inscripción durante la misas, ya que sobre este frontal estaba ubicado el sagrario, y no era ni correcto ni lógico que apareciera un cartel diciendo que "Jesucristo no estaba allí".

Lo único que queda en la actualidad -de acuerdo con la descripción de la Hermana Bernardita Socorro-, es una parte de la mandorla dorada donde se situaba la custodia. Algunos de esos rayos (las nubes sobre las que venían insertados no existen ya), están pendientes de ser sometidos a una restauración.

Anchieta. Red Ignaciana de Canarias. Revista digital de reflexión y dialogo.