Diego Molina sj es el superior de la comunidad de jesuitas en formación de Granada. También es el profesor de Eclesiología en la Facultad de Teología de la misma ciudad. Él tuvo la homilía en el funeral del Papa Juan Pablo II tenida en la Iglesia del Sagrado Corazón de dicha ciudad.
¿Y vosotros, quién decís que soy yo?
Pedro le contestó:
Tú eres el Mesías.
La pregunta que le dirigió Jesús a los discípulos es una pregunta que nos dirige a cada uno de nosotros en algún momento. Y también en algún momento experimentamos algo de lo que Jesús predice después: “el que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.
El reconocimiento de que Jesús es el Mesías, la palabra definitiva de Dios, lleva al seguimiento; y el seguimiento conlleva siempre la aceptación de las cruces que la vida nos va poniendo en nuestro camino.
También Juan Pablo II escuchó la pregunta de Jesús: ¿y tú, quién dices que soy yo? Y también él descubrió a Jesucristo como el centro de su vida, como la perla preciosa, que produce alegría cuando es encontrada; como el tesoro por el que todo lo demás se vende; y también él tuvo que tomar su cruz y seguirlo en la tarea, difícil, de ser el obispo de Roma, el vínculo de comunión de todas las iglesias, el primado de la iglesia universal.
Juan Pablo II lo ha sido en un tiempo difícil para la Iglesia y para el mundo y ha llevado adelante su ministerio con pasión y con coherencia. Ha sido un predicador incansable, recordándonos que el “remar mar adentro” es condición para que la vida cristiana llegue a su plenitud (desde su primer “abrid las puertas a Cristo” hasta la celebración del jubileo del año 2000); defensor de la vida, se ha puesto de parte de todos aquellos que estaban amenazados por cualquier tipo de violencia en cualquier momento de su existencia (desde su defensa de la vida del no nacido hasta su condena de la guerra preventiva); Juan Pablo II ha proclamado sin miedo que el ser humano es el centro y no puede convertirse en un simple engranaje de ningún modelo político o económico; no ha callado ante los poderosos y no se ha dejado fascinar por el falso progreso del comunismo o del capitalismo; se atrevió a reunirse con los líderes de otras religiones para implorar la paz y se ha negado a dejar utilizar el cristianismo para justificar la más mínima violencia; ha buscado el entendimiento con las demás confesiones cristianas; su recia espiritualidad cristocéntrica y su marcada devoción mariana han sido dos motores que le han hecho imbricarse en todos los ámbitos de la vida del ser humano para proclamar el señorío de Cristo en todos ellos; y ya al final de su vida, ha afrontado la enfermedad y ha continuado poniendo al servicio de la Iglesia las pocas fuerzas que le iban quedando.
Después de 26 años de ministerio Juan Pablo II ha muerto y ya se encuentra al otro lado de la historia; nos deja su ejemplo de entrega hasta el final, su confianza en Dios y su amor por todos. Nos deja también la conciencia que él tenía de su responsabilidad en la vida de la Iglesia y su falta de miedo para enfrentarse a las situaciones complicadas que se iban presentando.
Hoy celebramos este funeral pidiendo a Dios por él. Y lo celebramos las comunidades de la Compañía de Jesús de Granada. Desde aquí os quiero agradecer a todos los que habéis venido para orar con nosotros a Dios.
Estamos, pues, en un templo de los jesuitas celebrando un funeral por el Romano Pontífice, aquel que para Ignacio es el “principio y principal fundamento de la Compañía”. Porque Ignacio, que era consciente de la situación en la que se encontraba la Iglesia en el siglo XVI, polarizó su fidelidad a ella en el papado desde el principio, aun antes de que surgiera la Compañía de Jesús.
Ignacio, que desde pequeño, sintió una profunda devoción por San Pedro, va a descubrir pronto que Dios le pide “ayudar a las almas” y pronto también descubrirá que ponerse al servicio del Romano pontífice es la manera más segura de poder llevar adelante su misión.
Juan Pablo II habló de Ignacio en Loyola en su primer viaje a España: “San Ignacio –dijo- fue obediente en todo instante a la Sede de Pedro, en cuyas manos quiso dejar un instrumento apto para la evangelización. Hasta tal punto que esta obediencia la dejó como uno de los rasgos característicos del carisma de su Compañía”.
No creo que Juan Pablo II estuviera en desacuerdo si añado que San Ignacio no sólo quiso dejar en las manos del papa un instrumento para la evangelización; no sólo quiso ayudar al papa, sino que quiso fundamentalmente ser ayudado por el papa. Porque el papa es para Ignacio el que hace posible el servicio de la Compañía, aquél que sabe mejor dónde hay más necesidad, aquél a través del cual Cristo habla a la compañía de la manera más segura.
Es verdad que el servicio de la Compañía es fundamentalmente a Cristo y a su Iglesia. Pero los jesuitas siempre hemos entendido que la determinación de dicho servicio corresponde al obispo de Roma. La vinculación de la Compañía con la sede romana ha potenciado a lo largo de los siglos, de manera indudable, una dinámica de ofrenda generosa a la Iglesia, concretada en el papado y en la “devoción a la Sede Apostólica”, devoción a aquél que es maestro, pastor y juez.
La relación especial entre el Romano Pontífice y la Compañía de Jesús no asegura que siempre haya habido armonía entre nosotros. Juan Pablo II se creyó en la obligación de intervenir en ciertos momentos para recordarnos aspectos claves de nuestra manera de ser; aun en esos momentos, dolorosos, la compañía sólo quiso distinguirse por ser “un grupo de compañeros que es, al mismo tiempo, religioso, apostólico, sacerdotal y ligado al Romano Pontífice por un vínculo especial de amor y de servicio”, como nos recordaba la CG 32.
Celebrar este funeral por Juan Pablo II es para nosotros, pues, celebrar un funeral por aquel que nos ha ayudado a llevar adelante nuestra misión, por aquel al que hemos estado unidos por un vínculo que va más allá de una determinación jurídica, por aquel con el que nos hemos sentido unidos más allá de las dificultades inherentes a la peregrinación por esta historia.
Pidamos al Señor, que quiere seguir conduciendo a su Iglesia, que nos conceda otro pastor, que nos ayude en nuestra misión, y a Juan Pablo II que, en la presencia de Dios, interceda por la Compañía para que trabajemos sin descanso para servir solamente al Señor y a su esposa la Iglesia bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra.