En tiempo todavía de Pascua, José Escudero nos propone este artículo histórico sobre la práctica palmera de elaborar un pequeño altar para el día de resurrección.
La idea de levantar un altar efímero, fugaz y perecedero que sirviese como descanso para la procesión de Su Divina Majestad en la mañana del Domingo de Pascua de Resurrección, se debió a la iniciativa de las monjas franciscanas del monasterio de Santa Águeda, Patrona de esta ciudad. Así consta en escritura otorgada 1694, ante Pedro de Mendoza Alvarado, escribano público de La Palma.
La prosperidad económica reinante en esta preciosa ciudad permitió los lujos y pulió y conservó las formas. Para este arte efímero, tan especial, tan auténtico y original, los documentos dan cuenta de cuantiosos encargos de las más diversas piezas litúrgicas y ceremoniales: piezas sagradas y de altar, custodias y vasos, lámparas votivas y candeleros, andas y cruces procesionales, plata labrada de todo tipo, tapices y ornamentos para el culto, confeccionados con sedas polícromas, damascos, brocados, lamas, tisúes… y bordados recamados con hilos de oro y plata . En 1888 Charles Edwardes quedó deslumbrado por el destello y valor de los metales preciosos de las custodias, cálices y patenas, algunas muy antiguas, de curiosa forma y diseño, y por el gran número de ciriales y báculos de plata, parte integrante de las procesiones eclesiásticas…. Toda esta pompa y fastuosidad del interior de los templos era prolongada hacia la calle, cuando se trataba de una manifestación tan importante como la procesión de Su Divina Majestad, en las fiestas litúrgicas fundamentales: la Resurrección de Cristo y el Corpus Christi.
Siguiendo con este magnífico arte efímero "palmero", de la Bajada de La Virgen de 1815 nos ha llegado numerosa información de cómo el pueblo de La Palma celebraba la visita de su Patrona, con ingente cantidad y profusión de adornos y colgaduras en fachadas, ventanas, balcones y plazas con altares "fugaces". Todo eran banderas, fuegos y composiciones, ramas, cortinas, nubes, trapos, espejismos, damascos, angelitos, flores, frutas, telas de oro, jarras de plata, festones de flores, láminas, guarniciones de plata, banderas, rasoliso, talcos…
Amantes de las buenas formas, apasionados del lujo y de la moda, en tanto fue posible, los palmeros gastaron sus rentas en fastos, ornatos y novedades, hicieron y pagaron un arte para la vida y el rito y mantuvieron ese prurito durante toda su existencia y aun después de la muerte.
Se levantaron los conventos para contar con el favor de Dios, al que se le ofrecía todo el arte y derroche de boato. Entre otros, el cenobio de las clarisas, fundado en 1601 junto a la ermita de la Gloriosa Santa Águeda, también era visitado por la Virgen. Llegó a resultar insuficiente para albergar la numerosa cantidad de religiosas que habían profesado y era preciso realizar una urgente ampliación. Ésta fue finalmente concedida por el Ilmo. Sr. Obispo Don Antonio Carrionero y Ruano en un despacho de 8 de octubre de 1620. El Cabildo autorizó el traslado del Convento y Monjas de Santa Águeda a la Plaza de Alarcón.
A fin de evitar las lógicas molestias causadas por las obras, decidieron abandonar temporalmente su clausura y pasaron a vivir en comunidad a la casa que había sido de Juan de Valle, Regidor del Cabildo de la Isla, Alcalde Mayor de la capital palmera (en dos ocasiones: 1605 y 1608) y Alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición. Este noble caballero fue el primer propietario conocido de las antiguas casas, quemadas en el incendio acaecido la noche del 4 de agosto de 1798, sobre cuyo solar se erigió la actual "Casa Fierro", sede del Real Club Náutico de esta capital.
Su amor por el Santísimo Sacramento había hecho que, entre otras capellanías, fundase la que consistía en doce misas cantadas con órgano, procesión con la custodia y bajo palio en el interior de El Salvador y que incluía cera para las hachas y cincuenta candelas blancas, y responso cantado sobre su sepulcro; debían decirse perpetuamente el jueves siguiente al tercer domingo de cada mes en el que hacía su celebración la Cofradía del Santísimo.
Mientras permanecieron las monjas claras en dicha casa, en 1622 se inició la hermosa costumbre de preparar un descanso para el Santísimo durante su recorrido procesional bajo palio , en la mañana del Domingo de Pascua de Resurrección. Este altar efímero estaba adosado a las casas principales y en la puerta de la mansión de la antigua Calle Real de Santiago, hoy Pérez de Brito.
Ya en 1264, el Papa Urbano IV había promulgado una bula pontificia por la cual se concedía indulgencia plenaria a todos aquellos que elaboraran altares y monumentos para la procesión pública en la festividad del Corpus Christi. Aquí se inicia la tradición por la cual, en todo el orbe cristiano, proliferan altares y autos sacramentales que se representan en las vías públicas al paso de la solemne procesión del Santísimo, entre otros muchos actos de regocijo popular.
En los Mandatos del Obispo Don Fernando de Rueda, de fecha 5 de julio de 1584, en lo referente a estas representaciones que se acostumbraban hacer en el interior de los templos, se expresaba claramente en contra de lo que llegaba a constituir un atentado contra lo sagrado y la decencia: porque las representaciones que se acostumbran hacer en la yglesia en los dias del corpus Xpi y de navidad y pascua de Resurrection y otras festividades suelen haber cossas indecentes…
En Canarias el Obispo Don Diego de Dehesa y Tello en 1558, ordenaba que el día de Corpus se entronizase dignamente el Santísimo en la puerta de El Salvador, con toda decencia y ornato y se representara una obra de teatro donde los clérigos y religiosos estuviesen en las gradas.
Se había construido unas andas procesionales para el Santísimo, con cuatro pilares dorados de madera liviana y cubiertas en su parte posterior con tela de oro. El encargado de llevar a cabo lo dispuesto fue Don Francisco Díaz Pimienta, Maestre de Campo General de las Milicias de La Palma e ilustre marino que tomó parte en la Batalla de Lepanto, nombrado Hermano Mayor por la Esclavitud del Santísimo el 16 de octubre de 1603. Costaron 11.825 reales de buena moneda.
En la fotografía en blanco y negro, tomada en la Calle de Santiago, hoy A. Pérez de Brito en la mañana de Pascua de Resurrección de 1911, aparecida en el Programa de Semana Santa de 2004- publicado por el Excmo Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma-, se aprecia claramente cómo se organizaba la procesión que nos ocupa. Delante del maravilloso palio, numerosos estandartes, la "cruz alta" de El Salvador con los ciriales , la bandera blanca y el espectacular Guión , ambos del Santísimo. Es curioso comprobar cómo los fieles se arremolinaban detrás del palio -de seis varas - y tan sólo unos pocos lo precedían. Eso sí, de rigurosa etiqueta, como se puede comprobar en los caballeros, descubiertos y con los sombreros en la mano, y las damas, con trajes largos de la época.